Son fragmentos de la litosfera terrestre que se encuentran bajo los océanos. Su movimiento constante genera fenómenos como la expansión del fondo marino, la formación de nueva corteza oceánica y la actividad volcánica en las dorsales.
En las dorsales oceánicas, el magma asciende desde el manto terrestre, se enfría al contacto con el agua y solidifica, creando nuevo suelo marino. Este proceso, conocido como expansión del fondo oceánico, es continuo y empuja las placas tectónicas.
La presión hidrostática, que aumenta con la profundidad, influye en la compactación de sedimentos y en la estabilidad de las estructuras geológicas. También afecta la velocidad de las reacciones químicas en las fuentes hidrotermales y la formación de montañas submarinas.
Se utiliza principalmente ecosondas multihaz, que emiten ondas sonoras y miden el tiempo de retorno para calcular la profundidad. También se emplean satélites y vehículos autónomos submarinos para mapear con alta precisión las zonas más remotas del océano.
Los sedimentos marinos se clasifican en terrígenos (provenientes de la erosión continental), biogénicos (restos de organismos como conchas y esqueletos) y autigénicos (formados por precipitación química en el agua). Su composición varía según la profundidad y la actividad geológica.